
Editorial: Un hito histórico por Jesús Vásquez Martínez
Hay nudos en la garganta que solo conoce quien se despide de su familia, empaca su maleta, deja un sol fulgurante y un trozo de su vida para soportar, en la distancia, el intenso frío de Nueva York.
Por décadas, nuestros hermanos lo han hecho, cruzando puentes de hierro y caminando las calles de concreto al ritmo de bachata y al sonido del merengue, con aroma a café fresco cada mañana. Así trabajan, con nieve o calor, para que allá, en la isla, los suyos tengan pan y esperanza.
Ese sacrificio, este 27 de febrero, en conmemoración de nuestra Independencia de 1844, recibió un abrazo que quiebra huesos en la historia, para que Nueva York dejara de ser espacio ajeno y se cubriera con los colores de nuestra alma guerrera.
Con llanto de alegría, esta comunidad finalmente vio su bandera tocar las estrellas en el lugar que, con tanto esfuerzo, aprendió a llamar hogar.
Este logro institucional no ha sido un simple espectáculo visual, sino el reconocimiento al sudor de miles de dominicanos que han sostenido, desde esta metrópoli, otros sueños.
Y con ello pienso en nuestros bodegueros, que abren sus puertas antes de que los rayos solares despunten, ofreciendo una sonrisa y un “buen día” a la vecindad. También en aquellos que, con manos callosas por el ladrillo de la construcción, levantan casas y edificios, sembrando en las paredes su dignidad.
No se escapan de mi memoria las valientes mujeres que, en los salones de belleza, limpiando oficinas o cuidando hogares ajenos, trenzan los sueños de superación de sus hijos. Y así, en cada plato de arroz, habichuelas, pollo guisado y concón de un restaurante dominicano, se derrama un acto de amor para alimentar el espíritu de la ciudad.
Ellas, las dominicanas con fe inquebrantable.
Como Cónsul General, entiendo perfectamente que cada bombilla que alumbró representó la historia individual de lucha, caída y éxito. Detrás de cada reflejo en los cristales de los edificios hay una voz que representa las ansias y anhelos de un pueblo resiliente, que no se rindió ante la adversidad y que siempre encontró una razón para celebrar y decir, en su expresión más pueblerina —con la “r” o la “í”— que un centavo es un chele y un poquito es un chin.
Todas estas luces son la madurez sociopolítica de una comunidad que tiene voz en la mesa de decisión. Pasamos de la invisibilidad del inmigrante isleño al reconocimiento público de nuestros líderes federales, estatales y locales. Ese hito es el resultado de una gestión que cree profundamente en el valor y en la dignidad de cada dominicano.
Nueva York nos miró con respeto, entendiendo que somos arterias de su corazón y que, con nosotros, late mejor.
Agradezco profundamente a la gobernadora Kathy Hochul por su sensibilidad y por comprender el peso emocional de este acto. Su respaldo fue la llave que permitió abrir las puertas de estos monumentos históricos.
También al congresista Adriano Espaillat, cuyo liderazgo constante es un faro para nuestra comunidad en los pasillos del Congreso Federal. Debo decir que juntos logramos que el estado de Nueva York enviara un mensaje de inclusión y hermandad a toda la región, que trasciende cualquier frontera de prejuicios y se convierte en símbolo de fraternidad entre ciudadanos de países que se aman y se distinguen.
Sé que este gesto quedó impreso en el tintero de la historia, porque Nueva York se tiñó de Quisqueya.
El autor es Cónsul General de la República Dominicana en Nueva York



