
Por: Juan Carlos Tejada
Hay vidas que parecen escritas para una novela y esta es una de ellas, pocos lo saben, pero México tuvo un presidente con sangre dominicana corriendo por sus venas, su nombre: Emilio Portes Gil, un abogado que gobernó el país azteca de manera interina entre el 1 de diciembre de 1928 y el 4 de febrero de 1930, en tiempos de incertidumbre, violencia y profundas transformaciones.
Raíces dominicanas
Nació en Ciudad Victoria, capital del estado de Tamaulipas, el día 3 de octubre de 1890. Sus progenitores fueron Domingo Portes y la señora Adelaida Gil, nacida en la ciudad de La Vega (República Dominicana), Vivían en la casa número 16 de la calle “Matamoros”. Emilio quedó en la orfandad de padre a la edad de tres años y ante el desamparo económico en que se encontraba su familia, fue su madre la encargada de mantenerlo y de modelarlo en su niñez. Doña Adelaida tomó el timón de la familia y para sostenerla realizó quehaceres, a veces hasta por las noches, de costurera.
La constitución de la Republica dominicana deja claro que sin importar el lugar de nacimiento de una persona, si uno de sus progenitores es dominicano, este también lo es, lo que deja aclarado que la nacionalidad dominicana no se pierde nunca.
La infancia de Emilio estuvo marcada por la adversidad, quedó huérfano de padre a los tres años, desde entonces, todo dependió de esa madre incansable que cosía hasta la madrugada para alimentar a su hijo, una mujer fuerte, de temple firme, que le enseñó a levantarse aun cuando el mundo parecía derrumbarse, esa mezcla de sacrificio y ternura forjó el carácter del niño que, con los años, ocuparía la silla presidencial de México.
De abogado a presidente
El joven Emilio eligió las leyes como camino, en 1915, con apenas 25 años, ya era magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Tamaulipas, desde ahí su carrera se disparó: diputado federal varias veces, gobernador de su estado, fundador del Partido Socialista Fronterizo, y periodista combativo en su periódico El Cauterio.
Su gran salto llegó en 1928, en medio del caos. Tras el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, el Congreso lo designó presidente interino al terminar el mandato de Plutarco Elías Calles. Portes Gil asumió el poder el 1 de diciembre de ese año con una misión enorme: evitar que el país se desangrara y abrir el camino a elecciones limpias.
Durante su mandato impulsó la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), germen del PRI. Se enfrentó con firmeza a la sangrienta guerra cristera y, en 1929, logró lo impensable: firmar un acuerdo con la Iglesia que devolvió un poco de paz a un país desgarrado, también tuvo que apagar la rebelión del general Gonzalo Escobar, un levantamiento que amenazaba con arrastrar a México a otra guerra civil.
Diplomático, escritor y figura internacional
Cuando entregó la presidencia en febrero de 1930, Portes Gil no se retiró a la sombra. Al contrario, siguió sirviendo: fue secretario de Gobernación, procurador general, canciller, ministro en Francia y primer representante de México ante la Liga de las Naciones.
Pero había en él algo más que político, era también escritor, pensador y cronista de su tiempo, publicó artículos, dio conferencias y escribió libros, entre ellos su célebre Autobiografía de la Revolución y en medio de todo, jamás olvidó sus raíces. Visitó varias veces la República Dominicana, sobre todo La Vega, para abrazar a su familia y reconectar con esa tierra que lo unía al Caribe.
Legado y despedida
Emilio Portes Gil murió el 10 de diciembre de 1978 en Ciudad de México, a los 88 años, se marchó dejando atrás una vida larga, marcada por la política, la escritura y la diplomacia.
Su historia es, en realidad, un puente entre dos países. Un dominicano que, contra todo pronóstico, llegó a ser presidente de México, un hombre que supo navegar entre la tormenta y dar al país un respiro de estabilidad en tiempos oscuros.
Quizás por eso su vida aún sorprende y emociona. Porque, en el ir y venir caprichoso de la historia, un hijo de raíces dominicanas llegó a lo más alto en México… y dejó huella.



