Opinión

La policía del pensamiento: cuando nos convertimos en aquello que juramos combatir

El viejo sueño democrático latinoamericano y la tentación perenne del control absoluto.

Por Juan Carlos Tejada

Hay una escena que se repite con perturbadora exactitud en América Latina. Un movimiento político emerge desde el descontento popular, enarbolando las banderas de la democracia y la libertad. Sus líderes prometen transparencia, participación ciudadana y el fin de la corrupción. Los pueblos los siguen, y la esperanza esa bestia terriblemente ingenua vuelve a asomar la cabeza y luego llegan al poder.

Lo que ocurre después ya lo conocemos, la misma maquinaria que juraron desmantelar la heredan y la perfeccionan. El discurso cambia de destinatario, pero no de naturaleza: lo que antes era opresión ahora es “orden”; la censura se llama “responsabilidad informativa”; la persecución se rebautiza como “lucha contra la desinformación”. El Gran Hermano de Orwell no tiene partido. Tiene apetito.

El mapa de la traición

Venezuela, Nicaragua, Bolivia, El Salvador: el mapa de la región está sembrado de experiencias donde movimientos que se autoproclamaron refundadores de la democracia terminaron construyendo sus propias variedades de autoritarismo. La gramática es siempre la misma: primero la indignación legítima, luego la promesa refundacional, después la llegada al poder mediante procesos formalmente democráticos y, finalmente, la sedimentación del control. El control de los medios llega antes que el de las calles. La judicialización de la política permite encarcelar adversarios sin disparar una sola bala.

En 1984, Orwell describe el “doblethink”: sostener dos creencias contradictorias simultáneamente. El partido reescribe la historia en tiempo real, y quien la cuestiona comete un “crimen del pensamiento”. Cuántos gobiernos latinoamericanos que prometieron transparencia han perseguido periodistas. Cuántos que prometieron renovar la institucionalidad la subordinaron al líder de turno. Cuando se les recuerda sus propias palabras, la respuesta es siempre la misma: “usted sirve al imperialismo”, “la crítica viene de los enemigos del pueblo”. El espacio político se cierra no con la fuerza bruta, aunque eventualmente también llega sino con la redefinición del lenguaje.

El espejo incómodo

Orwell escribió 1984 como advertencia, no como profecía. Él mismo era un hombre de izquierda que vio cómo el estalinismo devoraba a sus propios hijos. Sabía que el autoritarismo no tiene color ideológico, que puede anidar en cualquier movimiento que se juzgue suficientemente virtuoso como para estar por encima del escrutinio. El problema no es de personas sino de estructuras: la incapacidad de construir contrapesos genuinos al propio poder. Una organización convencida de encarnar la voluntad histórica del pueblo tiene un problema ontológico con los límites.

El antídoto no es el cinismo sino la exigencia ciudadana constante, la prensa libre, el poder judicial independiente y, sobre todo, la memoria. La Policía del Pensamiento opera precisamente sobre el olvido. Una ciudadanía que preserva su propia memoria histórica encuentra allí la frontera del control.

Porque el día que aceptemos que la Policía del Pensamiento no existe cuando la ejercen los nuestros, ese día nos habremos convertido, definitivamente, en lo que jurábamos combatir.

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